Las semanas no tiene color. Pero a los seres humanos, el saber algo nunca nos ha quitado de hacernos una pregunta imbécil. Así es como nacen los anuncios de compresas. Así es como se sienta uno delante del teclado un domingo por la tarde, tomando un té con limón, tras la larga ducha ganada bajando y subiendo cajas durante un par de horas.
¿De qué color ha sido esta semana?
Incluso habiéndoseme ocurrido sin ayuda de nadie, la pregunta me suena estúpida; pero supongo que por algún extraño efecto del perielio lunar, espero que la repuesta no lo esa. O que aunque lo sea, entre que la encuentro y no, se me ocurra algo inteligente. A lo mejor ese es el color de esta semana: color luna, una luna llena enorme y redonda. . . Nah, eso no puede ser, porque sólo han sido un par de noches y de noche todos los gatos son pardos.
Antes de que me interrumpiese una invitación a cenar, invitación aceptada, claro, si no no me hubiese interrumpido, estaba pensando que tal vez esta semana (o más bien, ya la pasada) fuese de color azul. Azul cielo invernal inmaculado. Azul resplandeciente que torna los parques, los canales, los lagos nevados en llanuras brillantes. Paisajes sin distracciones para la vista, sin pensamientos complicados. Simplicidad azul y minimalismo invernal.
Un bostezo me insiste para que termine. Una pena, porque aún no he averiguado de qué color fue la semana. Supongo que es lo que tienen las preguntas imbéciles, que las respuestas rara vez están a la altura y además son peligrosas de encontrar.