sábado, 30 de septiembre de 2006

Paralelo 60N: Fabes y Metal

Llevo una semana de locura... Desde el miércoles pasado que decidí en el último momento irme a pasar el finde con Hugo a Helsinki, hasta hoy, sábado y la luna en creciente... El viaje a Finlandia lo definiría como in extremis; sobre el resto de la semana no me preguntéis.

Fue una risa de viaje: compré los billetes menos de cuarenta y ocho antes. Casi pierdo los aviones, para ir y para volver. Tuvimos que hacer malabares para que llegarse a casa de Hugo, su avión llegaba de Budapest tres horas más tarde que el mío; aunque al final se le retrasó y fueron cinco. Lo dicho una risa... Sobre todo la me que dio a mí cuando llegué a la carrera al aeropuerto de Copenhague con un cuarto de hora para embarcar y ví la cola de tres horas que había en el control de seguridad. Good luck..., me dijo la mozina de facturación con una sorisilla pícara. Pero más que una cuestión de suerte era de echarle focico. Es muy fácil, nada de estresarse o poner cara de pena, pa'qué? Tú caminas con paso decidido a lo largo de la triple cola. Te saltas la valla junto al control de seguridad que se supone que está allí para que no te la saltes. Sonries a la persona que hasta que llegaste estaba apunto de posar sus cosas en la cinta, pones las tuyas dándole las gracias y te quitas a la carrera todo lo que pueda pitar en el detector de metales (un poco de teatro nunca viene mal). Miras con confianza y otra sonrisa al guardia de seguridad que, a la vista de que nadie se queja, no tiene muy claro si increparte o no.
Como lo último que quieres es que el tipo tenga tiempo a pensar, le entregas el DNI y la tarjeta de embarque con un dedo acusador indicando la hora del inminente despegue. Tengo mucha mucha prisa. Vuelves a sonreir y tiras pa'lante sin volver a mirarlo. Recoges tus cosas al otro lado y sales cagando leches hacia puerta de embarque. Sencillo. Y si multiplicáis la jugada por dos, ya sabréis lo que hice para no perder tampoco el avión de vuelta.

Helsinki es una ciudad pequeñita, desparramada sobre una península, las islitas de la bahía y las colinas que la rodean. Limpia, tranquila, con personas amables y niñas de sonrisa fácil, como todas las cuidades escandinavas que conozco. Y sin embargo, es diferente: demasiado nueva, los monumentos y las estutas no asaltan a cada paso; pero sobre todo lo es por la música. Sí, la música. Rock y Metal por todas partes: Metalica en el autobus, Hellowing en el hilo musical de los centros comerciales, Iron Maiden en las cafeterías, Nightwish en Mango y un montón de góticos y jevitorros por las calles. Tiendas que no tienes muy claro si son de ropa o de disfraces para Hallowing, mueblerías de diseño donde las lámparas son esqueletos y los ceniceros calaveras de dragones. Bares superpijosdelamuerte donde braman las guitarras y truenan las baterías. Qué menos estando en el país de Lordi... Ah! Esto tengo que contároslo: sabíais que tiene su propia marca de refresco de cola? Adivináis como se llama?

LORDI COLA!!!!!

(En cuanto Hugo me pase la foto de la botella os la pongo :)

El fin de semana, quitando breves interludios turísticos para visitar la cuidad (la Catedral Blanca, las islas-fortaleza de Suomenlinna y las tiendas míticas), fue una sucesión de bares, fiestas y comilonas. No nos quedaba otra opción, había que despedir a Hugo en condiciones y terminarse toda la comida que le quedaba en la nevera. Entre las pechugas al cabrales, las tartas de chocolate, las empanadas y demás, lo más memorable fueron la fabada y el arroz con leche del domingo. Como todo en este viaje, fue in extremis, habíamos cocinado para cinco y al final nos juntamos nueve; menos mal que contabamos con que los cinco repitieran dos veces.

Memorable fue también la fiesta que dio comienzo al sábado noche en casa de un amiguete de Hugo. Oye, esta fiesta es un poco rara, no? Esto me lo dijo una rubita muy mona. Le respondí que no, que por qué. Porque sólo hay mujeres finlandesas y hombres españoles. Le dije que no acavaba de ver el problema, que más bien me parecía perfecto. Tras pensárselo unos segundos y darle un tiento a la cerveza concluyó con un sí, supongo que sí... Y aún así, ese fin de semana se me escapó, in extremis, por supuesto, el as finés de mi poker escandinavo. Mecagüen...

Ah! Cómo no? el domingo, después de otra cenorra, nos fuimos al Hevimesta, el karaoke heavy que hay al lado de la Catedral Blanca. Un puntazo de sitio. Si os dejáis caer por Helsinki, aunque no sintáis especial predilección por ese tipo de música, visitad el Hevimesta.

Bueno, me dejo muchos detalles, muchas anécdotas y sería difícil recordar cada risa; pero creo que os hacéis una idea de como fue la cosa. Por cierto, os he dicho que los finlandeses son más raros que los daneses? No tienen timbrés en las puertas, con lo que las visitas improvisadas con complicadas si no tiras de móvil. Nunca alquilan los pisos amueblados porque les da repeluzno usar los muebles de otro; aunque la ciudad está llena de anticuarios y mueblerías de segunda mano. (???) Vamos, raros, raros. Será el efecto pernicioso de tanto heavy metal agitando las neuronas...

Ahora, me esperan la cena y la noche danesa. Miedo me da a la vista de la semana. Bueno, miedo, lo que se dice miedo... Pasadlo bien!

Nenita, disfruta tu último finde en Helsinki. Espero que hallas solucionado el marrón de los muebles. Nos vemos en Osaka ;)