Nunca me he llevado bien con Madrid, ni con su ruido, ni su tráfico, ni sus calles atestadas. No me gustan los ojos suspicaces que me encuentro por la calle, no me gusta la desconfianza que nubla mi popria mirada cuando la recorro a carreras. Por eso decidí pasarme un fin de semana en Madrid, quería reconciliarme con la capital, quería pasearme por el viejo corazón de un imperio en el que durante dos siglos no se puso el sol; además, me esperaba Vitor (y, cortesía de Spanoir, vaya que si esperó. . .) con los brazos abiertos. Reencontrarme con él en cualquier rincón del mundo (Copenhague, Oslo, Japón, Praga) siempre es un placer, como lo fue compartir tan lejos de casa mesa y tertulia con el negro y la rubia.
La última vez nos vimos en Praga; allí fue donde decidí que debía ajustar las cuentas con Madrid, después de ver el bombo y platillo que le dan a una capitalucha centroeuropea llena de mangantes, caras largas y atracciones turísticas de cartón piedra. Dedicí que ya era hora de hacerme un poco de justicia histórica, tocaba gastarse unos dineros en deambular por las mismas calles por las que caminó mi historia y la de medio mundo; aunque nosotros nos hayamos olvidado y los demás no quieran acordarse. Por Praga habrá paseado un tal Kafka, pero por Madrid lo hicieron Don Miguel de Cervantes Saavedra, Don Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas o Don Felix Lope de Vega y Carpio, y no cito más porque tan vasta es nuestra historia que la lista sería tediosa y, además, esos tres nombres se bastan para que cualquiera con un mínimo de decencia agache la cabeza. Por Berlín habrán desfilado los ejércitos del Reich, el Ejército Rojo y las banderas aliadas; pero desde Madrid partieron los tercios a cuyo paso estuvo temblando Europa dos siglos y cuya memoria aún teme; Madrid derrotó por primera vez al mejor ejército que ha conocido la historia, al mejor estratega, al Petit Cabrón que huyó con el rabo entre las piernas hasta Waterloo. Desde Washington ordenan invadir países en aras de nuestra libertad; pero hubo un día que en Madrid, y sólo en Madrid, se dio un puñetazo en la mesa y zarparon galeras por decenas para pararle los pies al turco, para salvar las ruinas de Grecia, de Roma, de occidente, mientras los mismos herejes chaqueteros, piratas sin honor e hijos de la gran bretaña que hoy, medrados y engordados de traición, se dicen adalides del mundo libre nos apuñalaban por la espalda, nos sangraban de la bolsa los reales que nunca llegaron a comprar pan para los hijos de los que murieron degollando infieles en Lepanto. Uno va a París y se asombra con sus palacios, jardines, iglesias, capillas, bibliotecas, monumentos y museos; dos, por cada uno de esos que os asombren en París, encontraréis en Madrid dos, y si decíis Praga, digo diez.
Apenas un fin de semana en Madrid da para poca cosa, apenas puede uno empezar a vislumbrar todos los misterios, historias y maravillas que esconde la ciudad; pero bastó para ampliar mi perspectiva, para entender un poco mejor quiénes fuimos y cómo llegamos hasta aquí. Para entender como aquella ciudad a los pies de una sierra rodeada de llanuras gélidas en invierno y abrasadoras en verano fue el corazón de un imperio, fue hogar de gentes duras y orgullosas, que cruzaron a sus anchas continentes y océanos, portando estandartes de honor y sangre, malpagados y malqueridos por su patría, nuestra patria, siempre arisca y desagradecida como la tierra que los parió.
Si tengo que destacar, o recomendar algo que hacer en un fin de semana en Madrid es el Museo del Prado. Por seis cochinos euros, mil pesetas castizas, puede uno contemplar la historia de España, de la Edad Media hasta antes de ayer, con sus heroes y sus villanos que, igual que sus gestas y sus miserias, tan a menudo se confunden en la misma cosa. Y todo eso no lo contempla uno de manera cualquiera, no, lo ve a través de los ojos, de la genialidad, de la lucidez que nos legaron compatriotas de ilustrísimos nombres como Don Diego Rodríguez da Silva y Veláquez o Don Francisco José de Goya y Lucientes. Detenerse ante pinturas como La Rendición de Breda, ante Los Fusilamientos del 3 de Mayo, es revivir nuestra historia, es adentrarse en las cuestiones que nos empujan a recordar quienes fuimos, enterder quienes somos y evitar lo que seremos.
Uno entra feliz en el Prado y sale otro que comprende porqué Don Diego pintó a Marte, al dios de la guerra, no como a un joven glorioso con la espada alzada ante la batalla, sino como a un veterano denudo, sentado, cansado, con las armas tiradas a sus pies tras siglos de lucha. Te mira sereno, aguardando a que le ordenen ponerse de nuevo en pie. Sabe que sólo le quedan su honor, esa palabra que nadie importa ya, y los cojones para elegir aquí y ahora en vez de mañana y de rodillas, como tantas veces, rodeada los perros traidores e infestada de ratas desagradecidas, eligió la vieja España.
Imagen: La Rendición de Breda, de Don Diego Velázquez.