Ayer, como hoy, como antes de ayer, fue un día gris, oscuro, con el cielo colgando al alcance de la mano. Caía una llovizna fina y lenta que ratos se tornaba nieve. La noche llegó temprano, de puntillas; una noche de invierno que se llevó la lluvia y congeló la luz amarilla de las farolas sobre el asfalto mojado. Serían cerca de las siete de la noche, bajo una de aquellas luces cansadas, cuando nos besamos. Suave. Despacio. Como si besarnos fuese la única cosa sensata que hacer en aquel momento.
Y todo cambió. Y es una putada. Y sonríes aunque sabes que la vas a echar de menos en cuanto te alejes diez pasos. Y apenas sabes nada de ella, pero lo que sabes te gusta lo suficiente como para querer saber más. Y ahora toca esperar. . .
De las mujeres que en los últimos dos años he conocido de algo más que de vista, me sobran los dedos de una mano para contar las que miré como algo más que compañeras de cama. De esas pocas que vi como posibles compañeras de viaje, bien para ellas, bien para mí, o no era el momento o el lugar o las dos cosas o malditas las ganas. Sin embargo, llevo unos meses empezando a sentir que vuelve a ser el momento, el momento de complicarse la vida.
Y ahora toca esperar. . . Esperar a ver si estamos todos de acuerdo.
P.S.- Tsshhh. . . ¡Que os veo venir! Quietos todos. . . Enamorado no, aún no. Ilusionado sí, más de lo saludable.
Imagen: Dream Theater, Dave McKean.